Irene Guerrero:

SOMOS GUADÚA

 13315226_10206499160430056_1116235531546137068_n Por: Irene Guerrero Menoscal.
En esta ocasión, el que abre el telón en la Sala Principal del Teatro Sánchez Aguilar es un gallo gigante. O por lo menos, eso es lo que sugieren tres intérpretes con una gran cresta y una cola hecha de flor de palma.
Ellos vienen de muchas partes de Latinoamérica, pero particularmente del Ecuador. Los une la novedad de un “circo de fibras naturales”, algo sin precedentes en la historia del teatro ecuatoriano. Narran entre maromas y trucos un encuentro entre tres montubios y un grupo ambulante de circo que, tras ser estafados y errar por los guaduales, aparecen en su hogar.
En palabras de su director, Leandro Mendoza, el espectáculo es “una partitura emocional que va llevando a construir una historia (…), intentando revivir o alimentar el fuego del arte en vivo”. En efecto, dos dinámicas provenientes de dos culturas distintas chocan y se unen en una melodía llena de juegos y ternura. Hacen gala de malabares familiares, esos que reconocemos en las calles de nuestra ciudad mientras esperamos al verde del semáforo, o los que vemos en animadores de fiestas familiares. Pero en el lienzo del teatro se le da al espectáculo pinceladas que añaden colores insospechados. ¿Será la música? Los músicos y la cantante invitan al público a un mundo que se balancea entre lo mágico y lo folclórico, con ritmos que rememoran los sonidos tradicionales ecuatorianos. ¿Será la escenografía? Un guadual y una estructura en forma de huevo forman el marco de una escenografía que está en constante movimiento, como la naturaleza. Aparecen en escena estructuras típicas, como el juego del palo encebado, o estructuras extrañas y magníficas, como una que se asemeja a un fuelle y donde se balancean sin cesar los integrantes del circo. ¿Será el vestuario? Cada uno de los intérpretes tiene un estilo diferente, porque cada uno es un personaje único que pretende dejar una huella en el alma del espectador. Seguramente es debido a la dramaturgia. La historia que nos cuentan acuna algo entrañable a cada uno de los asistentes al evento. El público se maravilla como un niño, se enternecen como enamorado ante la historia contada y percibe la nostalgia latente, una pequeña voz que sugiere una vuelta al hogar entre los guaduales.
Sin embargo, hay algo que no podemos olvidar. La guadua es tan común y eterna como el césped, ¿quién sospecharía que nosotros también tenemos algo en común con ella? Solo basta con fijarse en su apacible movimiento en los campos de nuestra tierra. Tan delicada, sí, pero al mismo tiempo tan recursiva. Se la usa para construir, para adornar, o incluso para jugar entre malabares y amigos. La caña guadua, por su resistencia, por su flexibilidad, por su belleza y por su simplicidad, es el símbolo más adecuado para representar una obra teatral que alude al diálogo entre nuestros ancestros montubios y la naturaleza, que ya desde antiguo jugaban entre ritmos y risas.
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