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La vida y ficción de Jota Jota

12674386_10153499407318931_1821797603_n Por: Giancarlo S. Castro
“Ahora se va. Va caminando lentamente como bandera extendida entre los brazos de la gente. Se va el zorzal, el lírico, el artista. Se va el duro, el brava, el súper bacán, el pinga de oro, el cantante más pesado que ha tenido el Ecuador”. Así escribió Fernando Artieda, recordado poeta y periodista, que también recorrió los mismos bares que Julio Jaramillo, las mismas calles y quizá la misma tragedia del artista. Era un sentimiento nacional, un ídolo de oro en medio del bosque, una voz dulce que entra a nuestra casa en medio de la lluvia y nos canta, se había ido. Pero la música sigue ahí, las historias, las noches perdidas, los discos de vinilo, todo sigue en su lugar y la leyenda de Mr. Juramento continúa. De la autoría de Christian Valencia y la dirección de Santiago Sueiras, llega Julio; un musical que se mueve entre la ficción y la realidad para contar, a través de pequeñas imágenes, parte de la vida de Julio Jaramillo.

Hay algo que saber antes de entrar a ver Julio, la música no para nunca. Desde el primer momento, el público tiene un íntimo encuentro con una típica sala de radio de mediados de 1950, donde el locutor de radio y su histriónico asistente, hacen rodar los discos de Julio Jaramillo en los inicios de su carrera. Luego de este primer encuentro, podemos ver a un joven Julio Jaramillo, representado por Fernando Vargas, que se hace camino entre los bares y la gran noche guayaquileña, aprendiendo nuevas lecciones de cada vaso que dejaba vacío. Así, con la complicidad de la música y el mito, el musical va repasando la vida, obra y tragedia del Ruiseñor de América.
La obra, aunque gira en torno a la vida de Julio Jaramillo, le da especial importancia a las mujeres que pasaron por la vida del músico. Porque una cosa es bien sabida, Jota Jota tenía una voz dulce para cantar y conquistar. Y así como en décadas pasadas, la radio fue parte importante de la vida de los guayaquileños, en Julio vuelven a aparecer estos dos personajes fantásticos de la radio, para ponernos en contexto sobre ¿qué hace ahora Jota Jota?, ¿con quién se casó ahora?, ¿en qué país está cantando ahora? Pero hubo una mujer en especial –cuenta la leyenda de la obra y de la vida real– que se resistió a las palabras y a la voz de Julio. Elsa se llamó, y  como en la vida real, le compuso un pasillo que llevó su nombre. Este amor que siente Julio hacia Elsa, interpretada por Verónica Pinzón, rápidamente se convierte en idilio y seguirá a Julio hasta el último día de su vida en la clínica Domínguez.

Es imposible salir del teatro y no quedarse cantando “Por eso te odio, por eso te quiero” y luego ser asaltado por el recuerdo la estrofa de: “Ódiame por piedad, yo te lo pido”, y es que la obra entera estaba narrada a través de las canciones de Julio Jaramillo, cuya voz fue maravillosamente interpretada por Fernando Vargas, músico guayaquileño que lleva algunos años representando el papel de Jota Jota. Verónica Pinzón, que hace el papel de Elsa, va creciendo con el personaje, y así como sus primeros temas cantaba con una voz tímida y juvenil, luego esta voz iba a adquirir tonos más duros cuando le dijo que “no” al cantor. Destacable también la actuación de Florencia Lauga en el papel de Gloria Reich, “la esposa argentina” de Jaramillo, quien elevaría el dramatismo del musical a niveles inesperados. Por último, Nicole Rubira quien ya es conocida por sus soberbias actuaciones, no dejó de sorprender con su poderosa voz y su naturalidad en el escenario al interpretar a Coralía, una exuberante cantante salvadoreña con quien Jaramillo contrajo matrimonio.
En síntesis, la obra recurre a los mitos que se ciernen en torno a Julio Jaramillo: el amor fallido de Elsa, el casamiento con Coralía, su matrimonio con Gloria Reich. Es decir, el autor supo recopilar momentos –unos más increíbles que otros– en la vida de Julio Jaramillo, que de apoco lo fueron elevando a la posición de ídolo. Y a partir de ese escenario, donde los límites entre el mito y el hombre se pulverizan para dar paso a la leyenda urbana, el director se aventuró y recreó estas escenas fantásticas, que tantas veces hemos escuchado de la voz nuestros padres o amigos amantes de las historias. La obra nos deja ver a través de la lupa –que es el escenario–, un poco de ese Guayaquil de décadas pasadas; de noche silenciosa, rasgada por el cantar de una guitarra y su compañero de guayabera a la sombra de una conquista, la complicidad de una wurlitzer de cantina y una canción sonando en la cabeza de todos los trasnochados, repicando en su vasos. Y sobre todo, la voz, la esencia de Jota Jota, el alma del artista reencarnada a través de Fernando Vargas: y pareciera que Julio Jaramillo ronda las esquinas de nuevo, llena teatros, se enamora otra vez, se cuestiona y sobre todo, se da a la difícil tarea de componer ese último pasillo que lo haga feliz.
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